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“A ese señor (el Embajador de EEUU) que se meta en su embajada. Y como esposa que es de un señor, que se ocupe de la casa, eso es lo que tiene que hacer él”.

 

De nuevo el Cardenal abochorna a su feligresía y a la sociedad dominicana con declaraciones tan injuriosas que cuesta creer provengan de la boca del máximo líder de la Iglesia católica en el país. Esta vez el ridículo fue internacional, amplificado por las redes sociales y reseñado por los medios de prensa extranjeros, que todavía se asombran con los exabruptos a los que López Rodríguez nos tiene desde hace tiempo acostumbrados.

 

Esta vez, en su afán de causar la máxima ofensa al embajador de EEUU, terminó ofendiendo a más de mitad de la población mundial: no solo insulta a los hombres gay llamándolos mujeres sino que, además, insulta a las mujeres esgrimiendo su sexo como epíteto para avergonzar y humillar. Y por si fuera poco vuelve a insultar a las mujeres reduciéndolas a la condición de sirvientas domésticas. Con sus palabras el Cardenal no sólo irrespeta a los gays y a las mujeres, sino que muestra su talante autoritario y anti-democrático, olvidando que el respeto a la dignidad y a los derechos de los demás es la piedra angular de la democracia.

Pero sus declaraciones revelan mucho más que eso. En primer lugar evidencian nueva vez que al Cardenal nada le resulta más repugnante, más pecaminoso, más inmoral que el amor consensual entre dos adultos del mismo sexo, ni siquiera las violaciones sexuales de niños y niñas, la pornografía infantil o los presos asesinados en misteriosos incendios carcelarios. Y ni digamos la corrupción gubernamental, que tan buenos dividendos le ha reportado a su Iglesia a lo largo de los años.

 

En segundo lugar, sus palabras retratan de cuerpo entero su opinión de la mujer, esa criatura tan inferior al varón que su misión en la vida es ser su sirvienta. También retratan su vocación de bully, agrediendo al Embajador tal como hacen los bullies de escuela primaria cuando acosan a los varoncitos más pequeños llamándolos hembritas.

 

En tercer lugar el Cardenal pone de manifiesto su ignorancia de la historia de los movimientos sociales del país, al atribuirle a Brewster la introducción de la tan cacareada ‘agenda LGBT’ y de los desfiles del Día del Orgullo. Como si los primeros colectivos gays y lésbicos no hubiesen empezado a trabajar en la década de los ochenta y el primer desfile no se hubiera realizado en el 2001.

 

Al Cardenal por lo menos hay que reconocerle la franqueza con la que expresa posiciones que los líderes de su Iglesia por lo general intentan disimular o al menos edulcorar. En esto no hay que llamarse a engaño: la misoginia del Cardenal refleja fielmente las actitudes de la gerontocracia vaticana, que en pleno siglo XXI sigue excluyendo de manera absoluta a las mujeres de todos los roles espirituales y políticos. La única diferencia con Arabia Saudita es que las monjas pueden, al menos, manejar. La exclusión de las mujeres supone un desperdicio de recursos humanos incalculable, sobre todo en momentos en que la Iglesia atraviesa la peor crisis de vocaciones sacerdotales de su historia.

 

En lo que respecta a las mujeres, hasta Francisco ha sido claro: una cosa es predicar más ‘flexibilidad’ para con los divorciados y más tacto en la condena a los homosexuales, por ejemplo, y otra muy diferente es permitir que las mujeres ejerzan cualquier función de importancia dentro de la Iglesia. “Esa puerta”, dijo tajantemente Francisco, “está cerrada”. Las monjas que sigan siendo las mucamas de la Iglesia, las seglares que ni usen anticonceptivos ni “paran como conejas”, para usar la frase memorable del Papa, y del tema que no se hable más.

 

Vista la reincidencia de Su Eminencia Reverendísima en el arte de meter la pata, habría que concluir que su autoritarismo arrogante le impide entender los cambios que se vienen produciendo en la sociedad dominicana y que la hacen cada vez menos receptiva a anacronismos ideológicos como los de esta semana. Basta ver la reacción desbordada de las redes sociales ante sus declaraciones, a lo que se suma la cantidad de gente que se siente alienada por la grosería con que interpela a sus adversarios. Quizás el Cardenal no ha reparado en el hecho de que, según Barómetro de las Américas, entre el 2006 y el 2014 el porcentaje de dominicanos que se identificaron como católicos bajó del 67% al 52%, una reducción de 15 puntos porcentuales en apenas 8 años. No hay duda de que su bullying seguirá contribuyendo a esa reducción.

 

No podemos concluir sin comentar la irracionalidad que subyace a las declaraciones del Cardenal (y de Masalles, Luis Rosario, Fidel Lorenzo y demás), quienes frente a una denuncia de corrupción por parte de Brewster reaccionan acusándolo de promover “la agenda LGBT”, lo que ninguno de ellos ha explicado exactamente en qué consiste: ¿acaso en combatir la corrupción? De lo contrario, ¿cuál es la relación que establecen entre una cosa y la otra, al punto de que un líder religioso tras otro repita la misma acusación? ¿O será ésta acaso el producto de mentes alucinadas por el fanatismo religioso?

 

Colectiva Mujer y Salud

 

3 de diciembre, 2015

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